Ficha técnica / Relatoria De la disimetría a la reciprocidad – Paul Ricoeur

De la disimetría a la reciprocidad

Paul Ricoeur nació el 27 de febrero de 1913 en la ciudad de Valence, Francia, y murió, el 20 de mayo de 2005 por causas naturales. Ricoeur nació dentro de una devota familia protestante, convirtiéndose en miembro de la minoría religiosa católica de Francia. Entre 1930-1934 estudió en la Universidad de Rennes licencia y maestría en filosofía, y entre 1933 y 1934 realiza su maestría sobre el problema de Dios en Lachelier y Lagneau, con la que se inicia en la tradición de la filosofía reflexiva francesa. En 1935 se licencia en filosofía en la Sorbona y comienza a trabajar como profesor de filosofía en el Liceo de Saint Briene et Colmar y posteriormente en Lorient. Entre 1935 y 1940 escribe numerosos artículos sobre socialismo cristiano y pacifista. En 1939 recibe una beca para estudiar alemán en Munich pero comienza la Segunda Guerra Mundial, la cual interrumpió su carrera, y fue movilizado para servir en el ejército francés, pero su unidad fue capturada durante la invasión alemana de Francia en 1940. Pasa 5 años en distintos campos de concentración, periodo en el cual continua su estudio de la filosofía alemana y en 1945 es liberado. Aparece su primer libro en 1947, en colaboración con M. Dufrenne, Karl Jaspers et la philosophie de l´existence, y varios meses después su primera obra en solitario: Gabriel Marcel et Karl Jaspers. En 1950 se doctora en Letras con una tesis sobre filosofía de la voluntad (Martínez Sánchez, A. 2005).

Ricoeur en su libro Caminos en reconocimiento, en de la disimetría a la reciprocidad del tercer estudio, intenta explicar esta disimetría desde la dificultad que encuentra la fenomenología en derivar la reciprocidad de la presunta disimetría originaria de la relación de yo con el otro, para lo cual ha expuesto dos versiones que se han presentado como solución a dicha disimetría.

Aquellos que vivan dentro de una sociedad, deben reconocer la existencia de otros sujetos externos a él mismo, pues será con ellos con los cuales tendrá que convivir, por lo que se crearán unas relaciones reciprocas para poder convivir de la mejor manera; de aquí que Ricoeur afirme que el principio de la acción de reciprocidad también se pueda llamar como principio de la comunidad, ya que se trata de una especie de simultaneidad existencial con el reconocimiento mutuo (p. 197). Razón por la cual hay que perseverar por alcanzar a derribar la disimetría existente, y las dos versiones que presenta el autor para ello (p. 198) toman como referencia ya sea el yo o el otro, y son: i) la de Husserl en las Meditaciones cartceianae que es una fenomenología de la percepción; de enfoque teorético; y ii) la de Lévinas en Totalidad e infinito y en De otro modo que ser, o más allá de la esencia, que es ética.

La primera versión plantea el descubrimiento que el yo hace de lo extraño, del otro, lo que se ha denominado como el estatuto de alteridad de lo “extraño”, del cual se parte desde el polo ego y, en un segundo movimiento, del estatuto derivado de la comunidad de los ego a partir de la constitución del alter ego (p. 202). Es aquí donde se evidencia la disimetría, ya que el carácter originario de la autosuficiencia del ego genera que frente a cualquier realidad, únicamente exista la autoexplicación de mi ego como sujeto de cualquier conocimiento posible, dejando a un lado alguna explicación extraña o exterior a él mismo, como vendría siendo el otro.

La alteridad del otro, es aquella que se constituye en mí y a partir de mí; pero el extraño es constituido como ego para sí mismo, precisamente como otro (p. 199), por lo que se evidencia como estos dos sujetos son diferentes y se consideran de manera separada, pues en este punto, el hecho de que se constituya en mí y a partir de mí, sigue estando desde el polo ego y no en una comunidad.

Se puede entonces afirmar que el otro no queda como un desconocido para mí, pues si fuera de esta manera ni siquiera se podría hablar de él; sólo que permanece «apercibido», como otro distinto de mí mismo y como otro yo, un alter ego, es decir, es un segundo yo, que se cree es distinto de mi personalidad original; así el yo y el otro no se presentan verdaderamente; sino que solo el yo es quien es presentado, quien aparece; mientras que el otro, presunto análogo, permanece «apresentado» (p. 200). La “aprehensión analogizante” es la relación de mí con lo extraño, y es la que permite hablar de apresentación.

Sobre esta disimetría se constituyen dos grados alternativos en razón de la relación de reciprocidad: i) un mundo natural común y ii) comunidades históricas que comparten valores comunes. Este punto es realmente importante, debido a que gracias a las “operaciones de comunitarización”, que son acciones encaminadas en poner en comunidad los seres, de unir esa asimetría, se obtiene la reciprocidad; pues es necesario que el otro sea mi análogo para que mí experiencia entre en composición con la del otro, teniendo como base la reciprocidad. Lo que existe es un ego multiplicado asociativamente, por lo que nunca habrá una comunidad absoluta.

Para la segunda versión la disimetría originaria entre el yo y el otro procede desde el polo otro hacia el polo yo, postura contraria a la primera, ya que en esta hay que realizar un proceso de asimilación de todas las diferencias generadas entre yo y el otro. Ricoeur hace referencia a que en el libro Totalidad e infinito (p. 202) se explica que en el proceso de la conquista de exterioridad, el yo no es que sea ignorado; sino que tiene su consistencia propia en la identificación a sí, y el lenguaje y el discurso de la fraternidad y bondad deben de darse en la relación entre el yo y el otro pero no totalizan la relación. Sin embargo no se puede negar que la dialéctica es necesaria para superar la asimetría entre el yo y el otro.

Para esta versión, la relación que se debe de dar efectivamente, es una relación de bondad, donde prime el discurso entre los dos sujetos, el yo y el otro, pues solo de esta manera es que se logrará llegar a la reciprocidad acabando poco a poco con la disimetría existente en la relación de estos sujetos, y separando la brecha entre ellos, llegando a conformar una comunidad, un nosotros. Lo anterior se ve evidenciado cuando Ricoeur cita a Emmanuel Lévinas (p. 204) quien en su libro Totalidad e infinito expresa que “la metafísica o relación con el Otro, se cumple como servicio y como hospitalidad. En la medida en que el rostro del Otro nos pone en relación con el tercero, la relación metafísica del Yo con el Otro se desliza hacia la forma del Nosotros, aspira a un Estado, a las instituciones, a las leyes, que son la fuente de la universalidad”. Para Emmanuel Lévinas (p. 206) «Hace falta una justicia entre los incomparables», y ésta solo se alcanza por medio de la comparación entre los incomparables.

Finalmente se puede concluir que las dos versiones presentadas parten ya sea desde el polo yo o del polo otro, pero las dos tienen un punto en común y es resolver la disimetría existente entre estos dos polos para poder llegar a una reciprocidad. La primera posición

plantea que a pesar de que se reconozca la existencia análoga del otro, este sigue siendo diferente al yo, y sobre todo, sigue siendo apresentado, dándole lugar únicamente a la presentación del yo. Mientras que para la segunda versión la idea de ser se equipara al proceso de asimilación de todas las diferencias entre yo y el otro, donde el lenguaje, el discurso y la dialéctica son necesarios para superar la disimetría. Pero se resalta que el yo y el otro entran en una relación cuyos términos nunca formarán una totalidad.

Ya sea que se hable del polo ego o del polo alter ego como comunidad de egos, siempre se trata de comparar incomparables y, de este modo, igualarlos, buscando llegar a la reciprocidad.

Referencias bibliográficas

RICOEUR, P. (2006). Caminos en reconocimiento: tres estudios. Fondo de cultura económica. Edición en español, trad. de Agustín Neira. México.

MARTÍNEZ SÁNCHEZ, A. (2005). Recepción de Paul Ricoeur en español: Bibliografía en castellano. IDEAS y VALORES, No. 127, Bogotá, Colombia. p. 73-98.

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